Aquejado de una larga vida y de una corta enfermedad, acaba de dejarnos Ramón Bayés; el profesor, investigador, amigo, colega y compañero de la Academia de Psicología. Hay dos formas de despedirse, había dicho en alguna de las entrevistas que le fueron haciendo a lo largo de los últimos años: dando gracias a la vida y aprovechando hasta el último momento para seguir aprendiendo de lo que nos depara. Hoy, desde la Academia de Psicología le damos gracias a Ramón por su vida, por el legado que nos ha dejado, por las enseñanzas que nos ha impartido, por el poso apacible que nos deja su recuerdo. Una de las últimas no tiene precio: la vida es cambio, búsqueda, camino, viaje; un viaje único, un viaje sin retorno. La mía, añade, ha dado muchos saltos, ha pasado de los estudios de peritaje técnico por expresa petición paterna y del montaje de una central eléctrica en una fábrica de acetato de celulosa a los estudios de psicología, de la psicología experimental a la psicooncología, del estudio de las drogas psicotrópicas a intentar paliar el sufrimiento de las personas aquejadas de cáncer, de la Iniciación a la farmacología del comportamiento a la Intervención emocional en cuidados paliativos y así sucesivamente. Detrás de este camino aparentemente tan curvado, dice, está la curiosidad, la semilla de la curiosidad; estar atento a lo que está sucediendo a nuestro alrededor para intentar dar una respuesta y, en la medida de lo posible, ofrecer una solución siguiendo aquella propuesta George Miller: la psicología es un instrumento al servicio del bienestar humano. Por eso dedicó una parte importante de su tiempo y de su conocimiento a los cuidados paliativos. No me da miedo la muerte, dijo, lo que me aterra es que la gente sufra antes de morir.
Tiempo habrá de glosar con calma su figura y de analizar su enorme legado. Hoy solo toca lamentar su pérdida y dejarnos llevar por la tristeza que nos ha causado su partida.